martes, 17 de julio de 2012

MÁS FANTASMAS


      Al tiempo que compré la semana pasada la otra postal, compré también ésta, en la que todo es fantasmal: no sólo quienes la mandan y la reciben en la primavera de 1903 –María, que vivía en Madrid, en la calle del Caballero de Gracia número 19, y su amiga Mercedes, que vivía en la Coruña, Camino Nuevo número 88– sino también ese desdichado Pedro a quien – “por fin” – han cortado un dedo, y aún continúa prostrado por la enfermedad y sin poder moverse apenas en la cama, y fantasmal es también ese airoso conjunto que formaban la iglesia del Buen Suceso y los dos pabellones bajos que la flanqueaban, de los que apenas queda ya esta imagen evanescente.

       ¿Por qué derribaron la iglesia del Buen Suceso? ¿Qué funcionario firmó aquel expediente de ruina que precedió al derribo? No, no había ruina. Lo recuerdo muy bien. Los muros exteriores estaban desconchados, y los interiores renegridos, y de cuando en cuando alguna rata cruzaba parsimoniosamente por delante del altar durante la misa, pero todo aquello era por desidia de los mismos que ordenaron el derribo. No había ruina. Hasta el último momento estuvo la iglesia abierta, hasta el último momento estuvieron los jardincillos laterales llenos de verdor y alegría, hasta el último domingo saludaron los vecinos a Perico Chicote, gordo y calvo, el feligrés más popular de la parroquia, que se detenía a prodigar sonrisas al salir a la acera.

       No había ruina. Aquello fue un atropello. Un atropello a la sensibilidad de los madrileños, que perdían uno de los rincones más plácidos de Madrid. Porque enfrente estaba el pequeño barrio de Pozas, con sus casas bajas y encaladas, sus callejones de guijarros y su silencio de aldea manchega, que por aquellas mismas fechas se derribó también. ¿Por qué? ¿Qué valores superiores hay, en una ciudad, a la belleza y el silencio?

Fotografía de Jean Laurent, Madrid

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