martes, 28 de agosto de 2012

UNA ERMITA


       Hay cosas que tienen una especial relevancia entre las demás. Cosas de mayor dignidad, de mayor elegancia, de mayor sentido. Madariaga decía que se debería usar, para referirse a ellas, la palabra procosas, igual que llamamos prohombres a quienes han destacado entre sus semejantes. La cuestión es muy subjetiva, como todo lo que se refiere a las preferencias. Yo tengo predilección por las ermitas. Claro, las catedrales son más solemnes, más importantes, más valiosas. Pero yo prefiero una ermita perdida en mitad de un bosque. Como esta de la fotografía. Es la ermita de Santa Marta. Se construyó en el siglo XVI. Está en el concejo de Cangas, en la provincia de Pontevedra. Hice la fotografía el miércoles pasado. Todavía era temprano, y las nieblas empezaban a alzarse de los árboles. Aún quedaban algunos jirones, casi transparentes, entre los troncos. Luego salió el sol.

No cabe una arquitectura más elemental. Una piedra sobre otra, perfectamente encajada, y una cubierta de tejas rojas, como las casas del lugar. No tiene ventanas. La ermita está siempre cerrada, salvo un solo día del año: el 29 de julio, festividad de Santa Marta. Santa Marta es la patrona de las sirvientas, de las cocineras, de las amas de casa −¿sigue existiendo esta expresión, o se considera  ofensiva o discriminatoria? −, de los hoteleros, de todos los que acogen a los que van de paso. Porque Marta –Santa Marta− era la hermana hacendosa y servicial de aquella familia humilde de Betania.

Pero me he desviado del asunto de las ermitas. ¿Cómo es posible que, siendo construcciones tan simples, y estando siempre cerradas, su repentina aparición en mitad del campo produzca tanta alegría? Probablemente porque las ermitas tienen alma. Tienen un alma antigua y simple. Las ermitas las han hecho las gentes del pueblo, gentes indoctas que sólo saben construir poniendo piedra sobre piedra y cubriendo las paredes como cubren sus propias casas. Pero las han hecho con entusiasmo y con devoción. Eso se nota. No hay ermitas ostentosas o presuntuosas. Son todas de una sencillez conmovedora. No hemos aprendido la lección de las ermitas: la austeridad es más elegante que la opulencia, la sencillez es más expresiva que la prolijidad.

Corruptio optimi pessima. Hay pocas cosas más tristes que las ermitas a las que han cambiado su destino. Porque entonces las ermitas se quedan sin alma, y son como un cuerpo sin vida. Se traiciona además a quienes las construyeron. Es verdad que ya no están, que son gentes muy remotas, de siglos muy antiguos, pero ellos son los autores, a ellos les debemos que las ermitas existan, ellos cargaron con las piedras al terminar una larga jornada de trabajo, poniendo en común el esfuerzo con todos los vecinos.

No lejos de esta ermita, en mitad del pueblo, hay otra ermita. Esta es más tardía. Pertenecía al hospital del pueblo, que se construyó en el siglo XVIII. Ahora es una sala de exposiciones. Tiene el horario de apertura anunciado en la puerta: varias horas de mañana y varias de tarde. Es verdad que en esta se puede entrar cualquier día, y en la otra no. Pero es preferible el misterio que rodea la otra. Esta se ha quedado sin alma. 

Ermita de Santa Marta

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