sábado, 14 de abril de 2012

HISTORIA INVISIBLE


            Al hacer ahora inventario de los muchos papeles, planos y dibujos que dejó tras su muerte Fernando Chueca Goitia, han aparecido –según me dice su discípulo P.N.,  amigo mío– unos esbozos y unas notas en los que aparece el nombre de mi padre. Chueca no tuvo inconveniente en aceptar el encargo más minúsculo de su carrera, llena de catedrales y palacios. “Siendo en Toledo…”, parece que dijo con su voz lenta en permanente sonrisa, cuando mi padre le abordó sin preámbulos en una librería. Chueca se puso inmediatamente a la tarea: trazó con esmero los planos y las vistas del cigarral, dibujó el friso de las cornisas interiores, la azulejería del rodapié, los faroles de las fachadas, y hasta el portón exterior, con su albardilla y su cancela de hierro.

            Todos los domingos, sin faltar uno sólo, visitó la marcha de las obras a lo largo de un año. No sé si es una práctica habitual entre los arquitectos. También vigiló cuidadosamente los materiales. Quiso que todo se hiciera con restos de derribo. Fueron llegando en camiones ladrillos de casas derruidas, modestísimas casas de pueblo con las fachadas encaladas. Los ladrillos, con sus pegotes de cal o de adobe, fueron cobrando una vida nueva en un lugar distinto. Las tejas, con el rastro verdoso de los siglos, fueron cubriendo el esqueleto del desván. Chueca hizo que se buscaran tres pequeñas columnas de piedra, para las que trazó unos capiteles sencillos, y las colocó en los ventanales. Como historiador, le ilusionaba levantar aquel cigarral en los terrenos en que tuvo su casona el canónigo toledano don Juan de Vergara, catedrático de filosofía de Alcalá, traductor de Aristóteles, perseguido por la inquisición y encarcelado. Vergara había conocido a Erasmo en Flandes y luego mantuvo con él larga correspondencia. Después de pasar cerca de quince años en las cárceles secretas del Santo Oficio, y teniendo al salir la edad entonces ya provecta de cincuenta y cinco años, se encerró hasta su muerte –que le llegaría diez años más tarde– en la casona toledana.

            Veinte años después de construida la casa, un buen amigo, un grabador bondadoso –lo que es un pleonasmo, porque no hay grabador que no lo sea, por lo esforzado y amoroso del oficio–, Emilio Marín, hizo esta punta seca del cigarral. Emilio Marín era un gran pintor que vivió reducido a grabador de la Casa de la Moneda, para la que hizo –inclinado durante décadas sobre la lupa, el buril y la matriz de acero– infinidad de sellos y billetes. Emilio y Asunción pasaban muchos domingos con nosotros en el cigarral. Algunas tardes, Emilio se retiraba en silencio a un rincón, y con el punzón trazaba a pulso sobre la plancha de zinc o de cobre una vista de la ciudad, o un árbol, o una tinaja, o unas humildes amapolas que habían florecido entre los cardos.

            En la historia invisible del cigarral está la presencia de esos dos grandes hombres, famoso y celebrado uno, y oscuro y casi anónimo el otro, un arquitecto de catedrales y un grabador de pequeñas planchas de metal. Y detrás de ambos la silueta digna y clerical del doctor Juan de Vergara, el amigo de Erasmo y de Vives, y como ellos conciliador y tolerante, que supo perdonar sin amargura a sus perseguidores, y que se encerró a depurar su alma frente a la silueta espectral de Toledo.


jueves, 12 de abril de 2012

EL TANGO, GÉNERO LITERARIO


Hay una letra de tango que da el salto al poema, es decir una letra con la que el tango pasa a convertirse en un género literario. Me refiero a Alejandra, que escribió Ernesto Sábato para una partitura de Aníbal Troilo:

He vuelto a aquel banco del Parque Lezama.
Lo mismo que entonces se oye en la noche

la sorda sirena de un barco lejano.

Mis ojos nublados te buscan en vano.
Después de diez años he vuelto aquí solo,
soñando aquel tiempo, oyendo aquel barco.

El tiempo y la lluvia, el viento y la muerte,

ya todo llevaron, ya nada dejaron.
 
¿En qué soledades
de hondos dolores,

en cuáles regiones

de negros malvones

estás, Alejandra?

¿Por cuáles caminos,

con grave tristeza,

¡oh!, muerta princesa?

He vuelto a aquel banco del Parque Lezama.

Lo mismo que entonces se oye en la noche
la sorda sirena de un barco lejano.
Mis ojos nublados te buscan en vano.
Ahora, tan sólo, la bruma de otoño,
un viejo que duerme, las hojas caídas.
El tiempo y la lluvia, el viento y la muerte
ya todo llevaron, ya nada dejaron.

Al tango como género literario no se ha prestado atención. El tango es una modalidad de elegía. Elegía, dice el diccionario, es una “composición poética en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado”. Los acontecimientos dignos de ser llorados son, para el tango, el abandono, el desengaño, el resentimiento, el paso del tiempo sobre el amor y sobre la mujer –sobre los hombres no, los hombres quedan a salvo del paso del tiempo−, el olvido. Los escritores de tangos –de tangos como género literario− no andan ya a la busca de un compositor que añada una melodía: sus poemas son autónomos. 

Probablemente los españoles no sepan componer tangos, ya lo dijo Borges, pero sí saben escribirlos. Luis Felipe Vivanco lo demuestra en este Tango:

Con tu mano rica de sortijas
acariciaste
mi poca edad.
Con voz extraña me contabas
la historia de un amor fatal.
Yo comprendí que era tu historia,
¡y aquella noche
te amaba ya!
Me acariciaste, y fue una tarde
maravillosa, nada más.
Pero hubo un brillo en tus pupilas
que yo no quiero recordar.

Y José Ángel Valente en este Tango y perdón, más breve; es la primera vez que la muerte de Cervantes se cuenta en tango:

Y ya sólo en el borde de
la irrisión suprema,
sin llanto y solo
y transparente dijo:
−Adiós, gracias; adiós, regocijados
amigos.

Ángel González tenía algo de personaje de tango, con su gravedad melancólica  –“un hombre lleno de febrero / ávido de domingos luminosos”−, y muchos de sus poemas son elegías de un amor dolorido,

me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
lamentación improcedente.

Tangos, propiamente, escribió dos: Oda a la noche o letra para tango, y el Tango de madrugada, en que suenan

profundas y agónicas guitarras,
y el bandoneón estira
su indolencia y su ronca 
sonoridad marina trasplantada. 

Hice esta fotografía a Ernesto Sábato en su casa de Santos Lugares en marzo de 2001

martes, 10 de abril de 2012

DISCÉPOLO POR SERRAT


Son dos compositores muy distintos, probablemente los antípodas del tango, ortodoxo uno –Enrique Santos Discépolo– y heterodoxo otro –Astor Piazzolla–. Ernesto Sábato se extendió en la alabanza de Discépolo, y de Piazzolla dijo sólo que era difícil. La alabanza de Discépolo no se limitaba a los tangos, sino que se extendía también a sus obras de teatro, hasta afirmar que era un gran escritor. Pensaron hacer tangos juntos, pero la muerte prematura de Discépolo lo impidió. Sin embargo con Piazzolla, aunque entre desavenencias y enfados, llegaron a hacer aquella Introducción a héroes y tumbas, en que el compositor recrea con flauta, violín y cello el ambiente de la ciudad, mientras el bandoneón describe, con toda la melancolía de la que es capaz, la soledad del protagonista.

Como una demostración práctica de lo que decía, Sábato me llevó a la habitación de al lado, una habitación pintada de verde en la que había una cama baja con una colcha blanca, que parecía una sórdida habitación de hospital pobre, y allí rebuscó entre los lienzos apilados sobre la pared hasta encontrar un retrato de Discépolo. En aquel retrato, Discépolo parecía el agonizante del hospital, el primero que estaba llamado a morir entre las paredes verdes.

Se veía que el retratista y el retratado eran almas gemelas en una metafísica sombría, y de haber estado un rato más en esa habitación verde con cuadros moribundos habría salido corriendo hacia la tarde plácida de otoño –era un mes de marzo del calendario austral–, hasta no ver la fila de cipreses que se alineaban como un premonición a lo largo de la fachada.

Cuando volvía en el avión de Aerolíneas Argentinas, un avión con algo de aquella metafísica sombría en los colores oscuros de la cabina, iba sentado en el asiento de detrás Juan Manuel Serrat. Le pedí que me dedicara la partitura de Malevaje, el tango de Discépolo que él había cantado. Es un tango existencialista, que pone en lunfardo la angustia de vivir que expresaron en alemán, por las mismas fechas, los filósofos de la época,

El malevaje extrañao,
me mira sin comprender...

¡Si yo, -que nunca aflojé-

de noche angustiao

me encierro a llorar!...

Decí, por Dios, ¿qué me has dao,

que estoy tan cambiao,

no sé más quién soy?

                Es una interpretación demasiado melodiosa y suave la de Serrat, demasiado adornada con sus habituales inflexiones de voz. Es verdad que cuando se han hecho otras interpretaciones más arrabaleras, más cayengues, para decirlo con el término lunfardo, suena a falso. El término medio es difícil. 

Malevaje, con dedicatoria de J. M. Serrat

lunes, 9 de abril de 2012

UN TOLEDITO PEQUEÑO


(–Pero bueno, ¿un lunes? ¿No es el colmo de la incongruencia?
–Sí, sí, lo reconozco, pero un hallazgo así me ha obligado a contarlo inmediatamente.
–No veo la justificación por ninguna parte. Algo tan intrascendente puede contarse en cualquier otro momento. ¿Dónde está la actualidad del asunto? ¿No se puede esperar al martes, o incluso a otra semana cualquiera?)

Tantos años reuniendo imágenes grabadas de Toledo, buscándolas en librerías de viejo de España y de otros lugares, especialmente de Francia y Alemania –donde se hacía en los siglos XVIII y XIX más grabado que aquí–, y nunca había encontrado una referencia a esas estampas en la literatura antigua, la escrita al tiempo que esos grabados se imprimían. Porque muchos viajeros de los siglos pasados, cuando visitaran la ciudad, comprarían grabados como recuerdo y los clavarían en las paredes de sus casas, y otros los llevarían con ilusión en el viaje de regreso para regalarlos a los amigos.

Pero aquí, en la comedia de Lope de Vega La prisión sin culpa, está el  testimonio de que esos grabados, que ahora son objeto de colección o de museo, que han llegado a nuestros días en papel amarillo y quebradizo, fueron algo vivo, un objeto usual de la vida cotidiana:

TRISTÁN. Voyme, Camila, a Toledo.
CAMILA. ¿Qué me has de traer de allá
       mientras me quitas el sueño?
TRISTÁN. Un Toledito pequeño
        con el que huelgues acá.

Camila se imagina ya que la ausencia de Tristán le va a causar tristeza. Con algo de exageración y de reproche le anticipa que el sentirle lejos le va a quitar el sueño, y le pide a Tristán un recuerdo, una prueba de que se va a acordar de ella en la ciudad que va a visitar. Tristán le promete “un Toledito pequeño”: un papel en el que esté la ciudad entera que  va a recorrer. A una Camila de nuestros días,  Tristán le anunciaría el envío de una postal, o le prometería hacer algunas fotos, pero en esa época –la comedia es de 1617– sólo puede ofrecerle un grabado. No había entonces otro medio de reproducción popular de imágenes que el aguafuerte o el buril.

Con esos pocos versos de Lope las viejas estampas cobran de pronto una vida palpitante. El grabado que se reproduce debajo de estas líneas –el más vendido en los años iniciales del siglo XVII, cuando el poeta escribe su comedia, cuando Tristán recorre Toledo– se convierte en un documento actual. Lo miramos con ojos nuevos y nos hacemos idea, por primera vez, de cómo era la ciudad más universal del imperio, un nombre mítico pero una imagen desconocida. Casi oímos el chirriar del tórculo que ha estampado el grabado y olemos el aroma acre de la tinta fresca. Imaginamos que este es el ejemplar que Tristán ha comprado en alguna de las covachuelas que venden estampas y libros en pergamino frente a los altos muros de la catedral, en la calle Hombre de Palo o en la bajada del Pozo Amargo. Tristán lo trajo enrollado y envuelto en grueso papel de estraza por los polvorientos caminos de Castilla y luego de Andalucía. Camila lo tuvo largos años colgado en su cuarto, y de cuando en cuando soñaba con pasear por las calles de Toledo y bordear la ciudad en una barquichuela del Tajo. Luego pasaron vertiginosamente las generaciones y ahora está enmarcado en una casa madrileña, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero los años y los siglos discurren vertiginosamente, y el tiempo lo irá poniendo, una tras otra, en muchas manos.

Ambrosio Brambilla, Toledo, 1605, aguafuerte y buril

sábado, 7 de abril de 2012

UNA LÍNEA IMAGINARIA


Julio de Caro es el patrón oro del tango, el metro de platino iridiado con que debe medirse el género. Antes de él, el tango estaba en manos de músicos autodidactas que con la mejor voluntad lo tocaban en locales más o menos sórdidos de los barrios extremos. Julio de Caro, formado en el conservatorio, intérprete precoz del repertorio clásico, elevó la dignidad del tango y fijó su verdadera altura: como si trazara una línea en el aire y dijera “hasta aquí debe crecer”. Y luego alimentó al tango para que alcanzara la talla de adulto bien formado.

          Primero fijó los instrumentos que debían interpretarlo. Descubrió que el número áureo era el seis: dos violines, dos bandoneones, un contrabajo y un piano. A su violín –que era el encargado de mantener la melodía– le colocó una bocina, un apéndice de metal con forma de trompeta del que salía una voz casi humana, una voz grave de hombre ronco que estaba al borde mismo de la afonía. Aquel apéndice, por su peso y porque hacía difícil de encajar el violín entre el hombro y la mejilla, resultaba incómodo pero indispensable. Los músicos salían vestidos es esmoquin al escenario, y salvo el pianista y el contrabajista, que quedaban detrás, se colocaban alineados y equidistantes frente al público.

            Cuando Julio de Caro trazó esa línea imaginaria en el aire, se preocupó de no sobrepasarla. Esa fue en realidad su gran lección. Porque no se trataba sólo de dignificar el tango, sino también de no desnaturalizarlo por exceso. El tango era en su esencia una música arrabalera, una música de arranques bravíos y de quiebros violentos. Había que interpretarla bien, pero sin solemnidad. Por eso no admitió en su orquesta a músicos sin formación musical bien aprendida, pero les dejó que canturrearan por lo bajo, que dieran golpes en la tapa del instrumento, que se apartaran del rigor armónico de las partituras.

            Julio de Caro dejó grabadas en disco varias docenas de tangos. Antes de hacer innovaciones en el género, habría que medir las ocurrencias con esos modelos, como los sastres deben usar la cinta métrica antes de cortar las piezas. No es que el tango no pueda evolucionar, es que no debe dejar de ser tango. Por no respetar esa línea que Julio de Caro trazó en el aire se han cometido aberraciones: tangos interpretados por orquestas sinfónicas, tangos cantados por cantantes de ópera, tangos injertados de músicas de otras latitudes.

            Cuando Julio de Caro compuso Olympia, el tango cuya partitura se reproduce abajo, era el año 1927. La fotografía no se corresponde con la edad que entonces tenía el compositor. Es una fotografía de diez años atrás, cuando Julio de Caro, casi al tiempo que Gardel, empezaba a revolucionar el tango. Es curioso que tanto uno como otro empezaran al tiempo. Son, cada uno en lo suyo, los grandes maestros. 


jueves, 5 de abril de 2012

MI PADRE VISITA A BACH


La casa de la familia Bach en Weimar la destruyó un bombardeo aliado el día 9 de febrero de 1945. Los aviones ingleses, una veintena de cuatrimotores B-17G, sobrevolaron Weimar durante trece minutos. La irracionalidad es consustancial a la violencia: el bombardeo destruyó mil doscientas casas –entre ellas las casas de Goethe y Schiller−, mató a más de mil vecinos y, un poco más allá, en las afueras de la ciudad, a más de seiscientos judíos que estaban presos en el campo de concentración de Buchenwald.

Unos meses antes del bombardeo, mi padre, que estaba estudiando medicina en Breslau –hoy la ciudad polaca de Wrocław−, viajó a Weimar. Con tres amigos –becarios también en Alemania− visitó la casa de Bach. En esta fotografía mi padre se dirige hacia la puerta de la casa del músico. En poco tiempo esta fotografía perdería sentido. De la casa, muy pronto quedaría sólo en pie la fachada, que hoy se conserva. Es una fachada fantasmal: es sólo un muro. Las ventanas, sin cristales, dan al aire libre. Detrás está el aparcamiento del Hotel Elephant. El hotel en que se reunían a charlar Goethe y Schiller, y en el que se citaban Liszt y Wagner. Es uno de los pocos hoteles del siglo XVII que siguen en funcionamiento.

Bach fue primero organista de la Corte y luego director de la orquesta del pequeño ducado de Weimar. La casa estaba a pocos pasos del castillo de Wilhelmsburg, donde el músico ejercía sus cargos. Pero también hacía música en la casa: allí componía, allí recibía a sus alumnos y allí tocaba cuando venían músicos amigos, como Pisendel y Telemann, a visitarle. Uno de los alumnos era el príncipe heredero, Johann Ernst von Sachsen-Weimar, que era entonces adolescente. El príncipe, que admiraba y quería al músico, compró la casa, probablemente para retener a Bach en el pequeño ducado y para hacer reformas en la vivienda que hicieran más cómoda la vida del maestro y de su familia. Pero el príncipe murió poco después, con diecinueve años. Bach se fue de Weimar dos años más tarde de la muerte del príncipe, en 1717.

martes, 3 de abril de 2012

UN RECUERDO, UNA VOZ


            Paseando una noche con Rosa, la nieta más literaria de Felisberto Hernández, por el barrio montevideano de Palermo, llegamos al mercado de San José. Los cierres de los puestos estaban echados, pero entre dos puestos había una pequeño local iluminado por una bombilla que colgaba del techo. Varias parejas bailaban tangos, sin apenas moverse, con las cabezas bajas, y la melodía se expandía dulcemente por los pasillos a oscuras del mercado y por las calles cercanas. Era un septiembre austral, con frío aún de invierno, y aquella habitación iluminada y hermética flotaba sobre la noche como un barco en alta mar. Sólo revivo con la misma intensidad la emoción de aquellos rincones oscuros de Montevideo cuando canta Mercedes Simone en uno de esos discos todavía chisporroteantes de los años treinta

Cantando yo le di mi corazón, mi amor,
y desde que se fue yo canto mi dolor.
Cantando lo encontré, cantando lo perdí.
Porque no sé llorar, cantando he de morir.

            Con su lento y expresivo fraseo, con su voz grave y pausada, Mercedes Simone va desgranando sus propias letras, en las que no hay desgarros, ni arrebatos arrabaleros, ni términos lunfardos. Apenas sabía leer y escribir, pero sus letras, tanto las de los tangos que ella compuso como las que escribió para acompañar melodías ajenas, son bellos poemas, de perfecta regularidad métrica y de sobria emoción.

Partitura con la firma autógrafa de Mercedes Simone, comprada en el mercadillo de San Telmo de Buenos Aires