martes, 14 de agosto de 2012

ELOGIO (MODERADO) DE LA RETÓRICA


       El libro encuadernado en pergamino que, junto al florero de rosas marchitas, formaba parte del bodegón que escribí el sábado, se llama Rhetórica, y tiene uno de esos subtítulos enlazados tan habituales en los siglos XVIII y XIX: …Lucidada con exemplos castellanos y latinos. Su autor es Joseph Hernánz, escritor absolutamente desconocido por dos razones: porque éste es su único libro, y porque este libro único es una obra manuscrita.

     ¿Por qué se tomó el desconocido Joseph Hernánz la molestia de escribir cien hojas con cuidadísima caligrafía, encuadernarlas luego, y desprenderse inmediatamente del libro? ¿Qué mueve a un autor a escribir un libro que se reduce a un solo ejemplar?

       Es imposible saber las respuestas, pero resulta simpática la figura de este Joseph Hernánz, un erudito del siglo de las luces, amante de la retórica y desdeñoso de la fama. Iría por los salones literarios con la cara empolvada y con peluca gris, sonriendo amablemente y conquistando a las mujeres con anáfrasis, epífrasis, silepsis y epanadiplosis.

       A Joseph Hernánz y sus colegas de finales del siglo XVIII, la ciencia que cultivaban se les empezaba a deshacer entre las manos. Muy pronto llegarán los románticos, que acabarán definitivamente con ella. Los últimos ilustrados creían aún que la obra literaria era cosa de combinar con habilidad las figuras retóricas (una metáfora aquí, una metonimia allá, una sinécdoque acullá), pero los primeros románticos se dieron cuenta enseguida que las cosas son así. La expresión literaria –como la coloquial− fluye por sí sola. El poeta no necesita saber lo que es una antanaclasis para hacer un buen poema, como el campesino no necesita saber qué es un complemento directo para explicar cómo ha ido la cosecha de este año.

       Pero la retórica, que no está en el anverso del lenguaje –ni en el del poeta ni en el del campesino− está sin embargo en el reverso: sin saberlo, todos usamos a diario hipérbatos, símiles, litotes y tautologías. Las figuras retóricas son como el dibujo del habla cotidiana, un dibujo que, como el del tapiz, aparece con toda nitidez al darlo la vuelta. Es un dibujo que pasa inadvertido, pero que se reconoce con ese instrumento sutil que es la retórica.

      Hay pocas cosas más apasionantes que un tratado de retórica. También hay pocas cosas más inútiles. Distinguir una imprecación de una deprecación, o una prosopografía de una pragmatografía produce una gran satisfacción, pero es una satisfacción estéril. La retórica no lleva a ningún lado. Aunque, en el fondo, ¿por qué ha de medirse todo por el rasero de la utilidad?

       Cuide el lector de no adentrarse en el mundo de la retórica, porque puede quedar enredado en él durante mucho tiempo. Y de la retórica pasará insensiblemente a las Retóricas, sugestivos tratados de una ciencia volátil.

       Para quien, no sólo ha caído en la trampa de la retórica, sino que ha coleccionado Retóricas a lo largo de los años, tener esta obra única del casi anónimo Joseph Hernánz es un privilegio. Quizá hayan pensado lo mismo todos los propietarios del libro desde los años finales del siglo XVIII, y por eso han ido escribiendo sus nombres en la primera página en blanco. Esa larga lista es casi una genealogía nobiliaria. 

Portadilla de la Rhetórica de Hernánz.

sábado, 11 de agosto de 2012

EL BODEGÓN COMO GÉNERO LITERARIO


       No se puede salir a la calle. Estos primeros días de agosto son siempre los más agresivos. Arden las aceras, y entra por las ventanas un aire denso, casi sólido, un aire gordo, grueso, compacto. Agosto es una capitulación. En julio la vida sigue a pesar del calor, pero agosto es una rendición sin condiciones. Se deja que el calor, que asediaba la ciudad, la conquiste. Los asediados se rinden, se alejan, se van a otro lado. A mediados de mes la cosa cambia, pero sólo unas horas. Hacia el día de la Asunción es como si tocara la ciudad un dedo del otoño. El otoño está aún lejos, pero alarga la mano y nos toca con su dedo gris. El cielo se cubre de nubes y refresca. Pero enseguida se desvanece la suave caricia del dedo gris.

       No se puede salir, y aunque se pudiera, sería inútil. No hay vida alrededor. La única presencia en la ciudad es la del calor, un calor triunfante, pletórico, avasallador. Un calor que ha logrado echar a todos, salvo a unos pocos que nos hemos quedado agazapados en habitaciones penumbra, con las persianas bajadas y las ventanas entreabiertas, tratando inútilmente de que se mueva el aire.

       Si no se puede salir, ¿qué se puede contar? ¿Qué hay de memorable entre cuatro paredes? Pero me he acordado de pronto de los bodegones. Los bodegones son un género de interior. Y si los pintores pueden coger cuatro frutas y tres hortalizas y pintarlas, ¿por qué no se va a poder escribirlas?

       He ido por las habitaciones y he vuelto con unas cuantas cosas que he colocado sobre la mesa. Voy a escribir un bodegón.

       Además de las cosas habituales, los bodegones, para tener un mínimo mensaje, han incorporado siempre algún símbolo del tiempo. Pero no he encontrado en toda la casa ni una calavera, ni un reloj de arena, ni una vela. Sólo he encontrado un despertador.

      Una vez ordenadas las cosas, ha resultado un pequeño escenario intemporal. El florero, de cristal transparente, trata de imitar los jarrones de cristal tallado de Bohemia, pero no está hecho a mano, sino con molde, no tiene las aristas afiladas y brillantes, sino redondeadas y mates. Es un florero más bien triste. Pero más tristes son las rosas marchitas que salen de él, unas rosas rígidas que miran tozudamente hacia abajo. Conservan el mismo color que tuvieron, pero ha cambiado el matiz. Los pétalos han perdido la tersura, y al contraerse, el rojo se ha llenado de sombra. Los sépalos se han erizado alocadamente, y dejan ver la base amarillenta de la corola, que antes cubrían con pudor. Cuanto más miro estas rosas marchitas más cercano veo el rostro de una mujer que fue bella. Pero quizá no deba hablar en pasado: siguen siendo bellas estas rosas y la mujer que evocan. Es una belleza distinta, una belleza por la que el tiempo ha dejado su rastro. No sé cómo decirlo: es una belleza transida de tiempo, una belleza transcurrida, una belleza con una dimensión que la lozanía no tiene.

     Junto al jarrón de rosas hay un libro delgado, encuadernado en pergamino, sin título en la cubierta. Sobre el libro hay una pluma estilográfica. Es una pluma verde con estrías negras. Del contenido de ese libro hablaré el martes; ahora, formando parte del bodegón, es sólo un objeto. La pluma no tiene tinta, naturalmente. ¿Quién escribe hoy con pluma? 


jueves, 9 de agosto de 2012

REMADRILEÑIZAR


      Se ha destruido tanto Madrid que debería ser una preocupación de las autoridades locales devolver a la ciudad algo de lo mucho que se le ha quitado. En los almacenes municipales hay fuentes desmontadas, estatuas mutiladas, bancos mellados, columnas que han perdido sus basas y capiteles, lápidas que sólo pronuncian ya sus textos memoriales a la penumbra de los sótanos. Todo debería recomponerse y colocarse de nuevo donde estuvo. Eso sería remadrileñizar. Eso, y sobre todo, ser lo más fiel posible al verdadero Madrid, que es el del siglo XIX.

       Porque, por mucho que el tópico se empeñe, Madrid no es una ciudad de los Austrias. Cuando se ha restaurado algún edificio de esa época, como la Casa de las Siete Chimeneas, ha quedado como un elemento exótico, cuyo madrileñismo no reconoce nadie. Madrid es una ciudad del siglo XIX que arrastra unos pocos vestigios del siglo precedente. La verdadera fisonomía de Madrid está en esas sencillas fachadas de ladrillo con balcones de hierro. Y de cuando en cuando un discreto alarde suntuario en piedra berroqueña: una fuente, una estatua, un banco, una columna, una lápida.

       Me he encontrado esta semana, rebuscando en un cajón del Rastro bajo el peso del aire sólido de agosto, con la única fotografía que se conserva de la Puerta de Recoletos. La hizo en el año 1856 un fotógrafo francés, Joseph Carpentier. La puerta se derribó tres años más tarde. Se dice en algún libro que el derribo se debió al mal estado de la puerta. Juzgue el lector cuál era ese estado sólo tres años antes del derribo. No. La causa ha sido la de siempre, la insensibilidad de las autoridades municipales, tan acreditada a lo largo de la historia, que no ha dudado en arrasar cualquier cosa de valor por otros intereses que nada tenían que ver con la estética.

       Era muy hermosa la Puerta de Recoletos, y de las muchas puertas y portillos que aún conservaba Madrid en los años centrales del siglo, esta entrada de la ciudad era la más apreciada por los vecinos después de la Puerta de Alcalá, que siempre ocupó, con razón, el primer puesto en la estima de los madrileños. 

       Esta imagen, y algún grabado que se conserva de la Puerta de Recoletos, tienen detalle suficiente para reconstruirla. Hace unos años se hizo con la Puerta de San Vicente. Debería hacerse ahora con la Puerta de Recoletos. Su emplazamiento estaba entre dos lienzos de la vieja tapia, los que cerraban Madrid por el norte; en lo que hoy es la plaza de Colón. Dejemos al descubridor en su lugar, para no marearle más. Hay sitio para la puerta en los jardines de al lado. Es verdad que al fondo están las tres moles que conmemoran el descubrimiento. Quizá haya espacio para todos, aunque podría darse a la Puerta de Recoletos mayor holgura con tres cargas controladas de dinamita. Y si esta solución violenta la propiedad intelectual, podrían trasladarse las tres moles, que por lo visto tienen unos nombres ampulosos −Las Profecías, La Génesis y El Descubrimiento− a algún cerro de las afueras, donde luciría toda su grandiosidad casi prehistórica.

Puerta de Recoletos. Fotografía de 1856. El original se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia.

martes, 7 de agosto de 2012

GUARDAD EL SECRETO


       No sé por qué razón, cuando Amiel escribía, en francés, su diario, para expresar su idea de que el paisaje es un estado de ánimo, recurrió al alemán: jedes Landschaftsbild ist ein Seelenzustand. El poeta Georges Rodenbach, que probablemente no leyó a Amiel, y si lo leyó, no leyó esa frase, porque apareció más tarde, cuando se editó íntegramente el diario –y entonces Rodenbach ya había desaparecido−, escribió en su novela Brujas la muerta, que toda ciudad es un estado de ánimo, toute cité est un état d'âme. Aunque la idea parece ser la misma, en el fondo estaban pensando todo lo contrario: lo que quería decir Amiel es que nuestra percepción del paisaje depende del estado de ánimo con que lo contemplemos. Y Rodenbach consideraba que las ciudades tienen un tono, un ambiente, que se nos impone, y que domina nuestro estado de ánimo. Por eso la frase de Rodenbach sigue así: Toute cité est un état d'âme, et d'y séjourner à peine, cet état d'âme se communique, se propage à nous en un fluide qui s'inocule et qu'on incorpore avec la nuance de l'air. Esa es la razón por la que el protagonista de la novela, Hugo Viane, que acaba de enviudar, se vaya a Brujas, ciudad silenciosa y melancólica, y allí encuentre el entorno que necesitaba. “Esa doliente Brujas fue su hermana”, escribe el narrador. “¡Cómo se atraviesan recíprocamente el alma y las cosas! –añade−. Nosotros penetramos en ellas y ellas en nosotros”.

       Me he propuesto ensayar una tercera vía: no ver el paisaje madrileño desde mi estado de ánimo –porque sería una catástrofe−, ni dejar que sea la ciudad quien me transmita su ambiente –cosa por lo demás imposible, porque Madrid es, en el mejor sentido, una ciudad sin cualidades, como el personaje de Böll, una ciudad inodora, incolora e insípida, como el agua, y esa es la mayor virtud de una y de otra−, sino convencerme de que Madrid es el mejor lugar de veraneo. Imaginar que he descubierto esa dimensión oculta de la ciudad que todo el mundo ignora. Y, como es natural, una vez hecho el descubrimiento, silenciarlo absolutamente, porque la ausencia de la multitud contribuye a esa condición veraniega de Madrid; y si se supiera, si todo el mundo estuviera al tanto de que es así, nadie saldría de aquí en agosto, y la ciudad dejaría de ser lo que he descubierto.

       Para convencerme del todo, tengo que ir precisando poco a poco dónde están esos indicios que hacen de Madrid el lugar ideal para pasar el verano. Por ahora he encontrado la alegría de este sol que tanto añoran los nórdicos. También ese rumor, como de oleaje, que hacen los coches al ritmo de los semáforos. No he encontrado muchos indicios más −por ahora−, pero en todo caso ruego al lector que me guarde el secreto. 

Madrid en verano

sábado, 4 de agosto de 2012

UNA IMAGEN DE ABRIL


       Hice esta foto en abril pensando en agosto, como quien ahorra unas monedas preparando un gasto futuro. Trataba de prolongar –de un modo tan ficticio, hélas! – uno de esos momentos en que la luz, la temperatura y unas pocas gotas de lluvia, inesperadas y frescas, provocan por sí solas la felicidad de los transeúntes. Posiblemente todos los que en ese momento andábamos frente al Retiro, y de una manera más o menos visible, sonreíamos. Las nubes grises dejaban ver un retazo de azul. Las hojas recientes de los árboles, pequeñas y pálidas aún, recibían el saludo amistoso de la primavera. El trote inmóvil del caballo cobraba vida con el brillo del agua sobre el bronce. Olía a tierra húmeda, ese olor que cala de inmediato en lo más íntimo, que parece evocar en nosotros vivencias ancestrales, de antepasados remotos que vivieron identificados con la naturaleza que los albergaba y sostenía.

       Y ahora que ha llegado agosto, vemos que el ahorro de abril se ha convertido en una calderilla sin valor, en un puñado de céntimos con el que no se puede comprar nada. Porque nada puede el frescor de una imagen frente al sol sin piedad de estas tardes en que el verano impone su ley implacable. 

La calle de Alcalá, el parque del Retiro, la estatua de Espartero…

jueves, 2 de agosto de 2012

LA ALEGRÍA DE NO ESTAR


       La primera frase de Las desventuras del joven Werther, la novela de Goethe que tanta conmoción produjo en la juventud de la época, −Wie froh bin ich, daß ich weg bin!−, ha sugerido versiones muy distintas a los traductores. Es una frase sencilla, que gravita sobre la palabra weg: ausente, lejos. Werther se siente feliz lejos de Carlota, y lo expresa así en una carta dirigida a un amigo. El Werther es la primera novela moderna, y desde luego el modelo de novela epistolar.

      ¡Cuánto me alegro de haber (o haberme) marchado! es la traducción más frecuente. Pero ha habido otras muchas desde la primera vez que se vertió la novela al castellano en una traducción anónima publicada en Valencia en 1819.

       ¡Qué alegría haber partido!, tradujo el liberal exiliado don José Mor de Fuentes en 1835.

       ¡Qué gozo siento de no estar!, dice la traducción juvenil que Fernando de los Ríos publicó con el seudónimo de F. del Río a principios del siglo siguiente.

       ¡Qué alegría verme lejos de allí!, tradujo Cansinos Assens.

       ¡Qué feliz soy de no estar ahí!, ha traducido en nuestros días Manuel Jesús González.

       ¡Qué feliz me hallo con mi ausencia!, dice una pintoresca traducción anónima del siglo XIX.

       Digo todo esto porque sigo aquí en Madrid durante agosto, y aunque es verdad que lamento no estar donde quisiera, siento una inmensa alegría de no estar donde no quisiera: no estar en Londres durante las olimpiadas, no estar en el circuito de Abu Dhabi viendo las carreras de Fómula 1, no estar en esos festivales de música que anuncian los periódicos con imágenes sobrecogedoras de multitudes vociferantes y nombres disuasorios: Aúpa Lumbreiras, Derrame Rock, Mancha Pop, Mundo Idiota…
  
       Cada vez que me acuerdo de alguno de esos lugares siento un íntimo regocijo, y entonces sobrellevo los calores de Madrid, no ya con resignación, sino con sincero entusiasmo. ¡Qué alegría verme lejos de allí! ¡Qué feliz me hallo con mi ausencia!

Primera página del Werther, en la primera edición, del año 1774