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martes, 20 de noviembre de 2012

ONTOLOGÍA DEL VELADOR


Uno de los libros más entretenidos de CGR es el Libro de los objetos perdidos y encontrados. Pertenece a ese género tan atractivo de los libros sin género, que son siempre únicos en su especie. Este es un objetario, una sobria descripción sucesiva de objetos vulgares, muchos de ellos caídos en desuso. ¿De qué está hecho este libro? No son artículos ni ensayos, dice Ruano en el prólogo, no son tampoco poemas en prosa, “en realidad no son nada, y sólo pueden salvarse juntos, como las criaturas a quienes un instinto las hace agruparse y apretarse”. Nada menos que nada –pequeñas nadas sucesivas, reunidas y encuadernadas–, nada, la nada, que es quizá el gran ideal literario, como Flaubert le confiesa en una carta a Louise Colet.

En ese inventario de objetos están los veladores. He ido al estante a coger el libro sabiendo que estarían, porque los veladores pertenecen a ese mundo desgastado y sentimental por el que Ruano sentía especial predilección.

Sí, aquí están los veladores, de los que el autor hace toda una ontología, zambulléndose en su ser y en sus propiedades, en su naturaleza, en su origen y en su destino. La cuna del velador es el café, allí nacen por generación espontánea (“nadie vio nunca una tienda en la que se vendieran veladores”), y si un particular ha adquirido un velador, es porque ha llegado a él a través de una genealogía de vendedores que tiene siempre su origen en un café. Además, el particular que ha acabado siendo dueño de un velador es siempre, dice Ruano, una persona solitaria y tímida, como solitario y tímido es el cliente del café que se sienta, no en una mesa, sino en un velador, que suele estar en una esquina, generalmente en penumbra.

Muchos veladores son objetos con historia, y deberían estar en un museo. “Algunos veladores estaban hechos de lápidas sepulcrales, y pasando el dedo por debajo, como falsos ciegos, leíamos sin querer un estremecedor relieve que decía cielo, o el niño, o R.I.P., o ese Excelentísimo mutilado que yo recuerdo y del que quedaba sólo lentísimo. Estos veladores tenían un color inexplicable, cultísimo y literario: el color de las losas de un cementerio bajo la lluvia, bajo las muchas lluvias, bajo esa lluvia del cementerio que moja de una manera diferente a la de los otros sitios”.

Y se imagina uno a CGR en el silencio solemne de su casona de Cuenca en la que escribió este objetario, ceñido por su batín de rayas, cigarrillo en mano, construyendo la filosofía de los veladores, rememorando, como hombre de café, los muchos veladores de Madrid, de París, de Roma o Berlín en que estuvo sentado, escribiendo o esperando.

El velador es un objeto tan singular que requiere una cláusula propia en el testamento. Sería un gran error dejar que el velador se confundiera indiferenciadamente en la herencia. Un velador tiene que ser legado. “Y dejo el velador a mi buen amigo Juan, por tantas tardes de confidencias y de recuerdos…”
 
Un velador cualquiera que, como todos, nació en un café,
       y ahora pasa unos años conmigo
 

domingo, 29 de enero de 2012

EL VELADOR...

     ¿Por qué El velador como título de este monólogo susurrado –casi– al vacío? Quizá… por tres razones. La primera, porque el velador es un mueble transitorio, informal, en el que uno pasa un rato, echa quizá un trago, descansa, y sigue luego el camino. Un velador excusa la falta de densidad y de rigor en lo que se escribe sobre él. La segunda razón se refiere al autor, obligado a velar porque el blog tenga continuidad. Esta acepción subjetiva es la segunda que expresa el diccionario: “Velador. Dicho de una persona: que, con vigilancia y solicitud, cuida de algo”. El que inicia un blog se obliga a eso, a “vigilancia y solicitud”; el resultado es otra cosa. La tercera razón se aleja del mundo virtual y pertenece al mundo de las realidades tangibles: he comprado un velador. Era una ilusión antigua. Se trata de un velador auténtico, de los de un solo pie y tablero circular. No tiene la estabilidad de la mesa, se mece ligeramente de un lado a otro, pero permite escribir durante un rato algunos textos superficiales. Tengo el propósito de fundir el mundo irreal del www con el mundo real de los cuerpos sólidos: iré al velador cada vez que escriba. Se me olvidaba decir que este velador, a diferencia de los veladores habituales que están a la intemperie o en el interior de los cafés, tiene el tablero de madera. Es una madera clara y rugosa. Algún día traeré una foto. El mármol de los veladores es frío, aunque luego, al escribir sobre él –decía González Ruano– adquiera temperatura humana. Éste, por ser de madera, la tiene ya. Espero que eso ayude.

    Vendré a sentarme al velador todos los sábados.
    –Pero, ¿y los martes?
    –Bueno, los martes… alguno, también, pero no todos. Sólo alguno. Ya veremos. A los martes no me comprometo.